En un curso al que asistí recientemente, un profesor sugirió que, cuando ocurriera una revolución tecnológica, leyéramos ciencia ficción. Según él, siempre hubo alguien que imaginó utopías y distopías sobre avances que son muy recientes o que ni siquiera existen. En su libro Yo Robot (1950), Isaac Asimov situó a las Inteligencias Artificiales en las cabezas de robots humanoides, con lo que les dotaba de un entendimiento casi humano. Algunas décadas más tarde, William Gibson en Neuromante (1984) las sacó del mundo terrenal para situarlas en un entorno más parecido al que tienen actualmente: el ciberespacio. Allí éstas tenían un nivel de desarrollo tal que les permitía controlar la psicología de las personas y crear mundos virtuales indistinguibles del nuestro.

Hoy, en la realidad, las IAs están en un estado pueril; son relativamente básicas pero tienen un impacto real en la sociedad. Los modelos de lenguaje y generativos están siendo cada vez más usados en las aulas, el arte, y como herramientas de trabajo, siendo beneficiosos a la vez que polémicos para industrias como la del libro, donde, por ejemplo, han apoyado el trabajo de escritores, editores, traductores e ilustradores.
Según Stuart Russell, autor del libro Human Compatible (2019), las IAs que hoy usamos son sólo una pieza de un gran rompecabezas que apenas está comenzando a armarse, donde la gran duda es la importancia que tendrá esta pieza en particular para el resto de la historia.
IA en la Cadena editorial

Lo que no está en duda es la velocidad con la que se están mejorando las IAs. No es poco común que una nueva funcionalidad nos sorprenda antes de que sepamos cómo reaccionar a ella. Tal es el caso de las Inteligencias Artificiales generativas que son capaces de crear textos e imágenes en base a instrucciones (prompts) hechos por personas que no son necesariamente expertas en literatura o ilustración. Las IAs que son usadas para estos fines son llamadas despectivamente “de imitación” o “parasitarias”. Existe cierta preocupación por la masividad y falta de calidad de los textos que son hechos de esta manera, como se detalla más adelante en este artículo. Pero también por lo que podría ser una falta de respeto a autores y consumidores, porque no sólo han sido personas puntuales quienes han hecho uso de estas herramientas, también lo ha hecho la industria formal del libro.
Por ejemplo, cuando Christopher Paolini lanzó el libro Ruido Fractal (2023), muchos de sus lectores hicieron descargos contra la editorial Tor por la ilustración de su portada, la que, reclamaban, había sido hecha con Inteligencia Artificial. La situación se ha repetido en distintos lugares y con otros libros, con amenazas de boicot a editoriales y librerías, como pasó en España tras liberarse la portada de Juana de Arco de Katherine J. Chen (2024).
También hay casos que, pese a solo ser especulativos, han sido muy bullados. Como el del libro Café con Aroma a Calabaza (2024), de Laurie Glamour, cuya traducción al castellano fue criticada por su falta de atribución; y Alas de Hierro (2024) de Rebecca Yarros, segunda parte de su saga Empíreo, que, según muchos lectores, fue escrito inusualmente rápido. Ambos generaron revuelo en redes sociales y despertaron inmediatamente sospechas de uso de Inteligencia Artificial en su creación. Por lo visto la incertidumbre que generan estas tecnologías ha traído aparejado un inevitable nivel de paranoia.
Spambooks
A la saturación de libros creados con IA en una plataforma se le conoce como AI-generated spam, o más corto: spambooks. De acuerdo a los medios TechRadar y Vice, para mediados de 2023 la lista de los 100 libros más vendidos en la categoría Romance Contemporáneo Adolescente y Juvenil de Kindle Unlimited contaba apenas con 19 títulos cuyos autores eran humanos comprobados, siendo el resto creaciones hechas con IA, presentes en la lista por un hype inflado de manera tan artificial como los propios libros; con bots que manipularon el sistema de ránking realizando consultas masivas de esos títulos.
Por esta polémica Kindle tomó medidas como mayor vigilancia, remoción de títulos y actualización de políticas. Sin embargo, en ningún caso se prohibieron las obras hechas con Inteligencia Artificial, sólo se comenzó a exigir más transparencia a quienes suben libros a la plataforma. El resultado ha sido una disminución de spambooks en los ránkings, pero el detector final de estos textos siguen siendo los lectores, quienes tienen que discriminar conscientemente qué obras están escritas con un nivel de automatización tal que carecen de sentido, o bien, son imitaciones de autores de renombre. Sobre este último punto Victoria Aveyard, autora de La Reina Roja (2015), dijo en sus redes sociales: “Usar IAs generativas para hacer un libro no te convierte en escritor, te vuelve un ladrón”.
Los casos Meta y LibGen
¿De dónde obtienen las grandes empresas los libros para entrenar a sus IAs? ¿Pagan derechos de autor por ellos? La respuesta es, en el primer caso, casi desconocida; y en el segundo, negativa, ya que se tiene la certeza que ninguna empresa ha pagado derechos de autor por el uso de estas obras, cuestión que está generando mediáticos rounds legales en Estados Unidos.
En 2023, varios autores demandaron a LibGen -un sitio de descarga ilegal de libros- por el robo de sus obras, y a Meta (en un caso aparte), empresa dueña de Facebook, Instagram y Whatsapp, por usar las bases de datos de LibGen para entrenar a su IA LLaMA. El primer caso tuvo una resolución favorable para los autores, pero en el segundo, cuyo último dictamen fue en junio de 2025, el juez determinó que alimentar una IA con libros puede considerarse uso justo (fair use), porque no se hace uso completo de los textos ni se lucra con ellos. El juez no hizo hincapié, eso sí, en el hecho recientemente expuesto por el medio The Guardian, de que Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Meta, fue quien dio el beneplácito para alimentar a la IA con libros obtenidos de forma ilegal. Pero el caso sigue activo, y hace pocos meses, diez mil autores y autoras, entre quienes se encuentran Cassandra Clare, Holly Black y Leigh Bardugo, firmaron una carta expresando su rechazo por la forma de actuar de estas empresas desarrolladoras de IA, exigiendo respeto por los derechos legales de sus obras. Lamentablemente, la mayoría de las compañías entrenaron a sus Inteligencias Artificiales antes de que existiera legislación e incluso debate.
El futuro

El estado de desarrollo y potencial de las Inteligencias Artificiales en la industria hace que, como lectores, nos preguntemos cuán inevitable es que se produzca una transformación en la forma y calidad de los libros. Todo hace suponer que estamos parados justo en frente de una gran ola que tendremos que aprender a surfear. Quizás, ante esta incertidumbre, sea bueno volver al ejercicio de revisar la literatura de ciencia ficción.
Hace treinta años el escritor Richard Powers escribió el que tal vez sea uno de los libros más proféticos sobre la IA, Galatea 2.2. Allí se imaginó a sí mismo ayudando a un profesor universitario en el entrenamiento de una Inteligencia de análisis literario de nombre Helen. Powers, que parte enseñándole los clásicos, termina formando un vínculo y escribiéndole sobre sus problemas y visión de la vida, influyendo de manera inesperada en la funcionalidad de esa IA. Lo que ocurre después no lo diré por si hubiera alguien interesado en leer el libro, pero lo que es interesante y que pronto termina volviéndose evidente es que Helen no es el objeto del estudio, sino Powers y su forma de enfrentarla. Y en este caso, creo, ahí estará la respuesta: en nosotros, los humanos. En cuánto entregamos de nuestra naturaleza a las tecnologías, y en cómo nuestro amor por el buen arte podría superponerse a las estructuras lucrativas que actualmente tienen estas herramientas.

Bibliotecario documentalista con experiencia en bibliotecas escolares, archivos institucionales y televisión. Co fundador de La Nube Nueve. Promotor de la lectura y defensor del acceso abierto a la información.