Cuando tenía 16 años terminé de leer Sinsajo de la trilogía de Los juegos del hambre de Suzanne Collins y tuve que buscar un fanfiction que me ayudara a quitarme el mal cuerpo que me había dejado el final del libro. Que alguien me explicara cómo era posible que después de todo lo que Katniss, Peeta y Haymitch habían sufrido podíamos llegar a ese final.

Era la primera vez que me involucraba tanto con personajes que tenían mi edad y vivían una distopía horrorosa y el alto componente traumático que había vivido vicariamente me dejó con una sensación inconclusa cuando después de un salto temporal me dijeron: las cosas mejoraron.
Necesitaba entender cómo.
¿Cómo alguien pasa de vivir semejante dolor a recuperarse?
En ese momento no lo sabía, pero estaba buscando una resolución del trauma. Quería la seguridad de que sí, podemos vivir cosas horribles, pero también podemos sanar y necesitaba creerme ese viaje de sanación.
Hablar de trauma en la literatura es como hablar de amor o de la relación con los padres en la literatura. Algo que nos toca a todos como humanos y que llevamos desde que inventamos el lenguaje tratando de entender, procesar y vivir.
La palabra “trauma” proviene del griego antiguo τραῦμα, que significa “herida”. Originalmente se usaba para referirse a una herida física o golpe, pero con los siglos se amplió para abarcar el sentido de una herida emocional o psicológica que deja una impresión duradera.
Según Lorena Cuendias en su libro Tu cuerpo sabe tu historia: “El trauma no es solo algo que nos pasó, sino una experiencia biológica que activa respuestas de supervivencia en el cuerpo y que, al no poder resolverse, queda grabada en el sistema nervioso y en los tejidos, generando síntomas físicos, emocionales y patrones psicológicos persistentes”.
El trauma no está en el evento. No siempre tiene que ver con sucesos dramáticos, extremadamente peligrosos o dolorosos, el trauma de hecho puede ser justamente lo que no ocurrió. El trauma es una experiencia que deja una huella profunda en el cuerpo y en la mente, qué ocurre cuando nuestro sistema se ve sobrepasado y no logra procesar la magnitud de lo vivido. Cualquier experiencia que exceda nuestra capacidad para sentirla, integrarla o responder con recursos adecuados puede convertirse en trauma.
¿Y qué sucede con el arte?
Que es una de las formas que tenemos justamente para procesar, sentir e integrar lo que nos ocurre. Por eso la literatura ha estado entrelazada con el trauma desde antes que el concepto de trauma existiera como tal.
Art is alchemy that transmutes pain into beauty.
El arte es una alquimia que transmuta el dolor en belleza
James McCrae

La literatura nunca necesitó esperar una definición médica para narrar lo indecible. Mucho antes de que se creara el síndrome de estrés post traumático en el DCM III en los años 80s, el trauma ya estaba allí: en las tragedias griegas, en las obras de Shakespeare, en las novelas de Virginia Woolf.
Mrs Dalloway es un ejemplo evidente. A través de Septimus Warren Smith, un veterano de la Gran Guerra incapaz de escapar de sus alucinaciones y recuerdos, Woolf retrata ya en 1925 lo que hoy llamaríamos síntomas traumáticos. La propia estructura de la novela, su fragmentación temporal, los saltos de conciencia, la dificultad de articular la experiencia bélica encarna la experiencia traumática.

Hamnet, la novela de Maggie O’Farrell que tendrá su adaptación al cine este año, imagina cómo la muerte del hijo de Shakespeare pudo haber desencadenado la escritura de Hamlet. Más allá de la veracidad histórica, la idea revela algo profundo: que el arte surge muchas veces de la necesidad de dar forma narrable a algo tan intolerable como puede ser la muerte de un hijo.
El trauma no es solo una experiencia individual, sino también relacional y social. Es aquello que rompe la conexión con uno mismo, con los otros y con el mundo. En On Earth We’re Briefly Gorgeous de Ocean Vuong el trauma histórico e intergeneracional de la guerra de Vietnam, la migración forzada y la violencia racial se transmite como una herida que pasa de un cuerpo a otro, de una generación a la siguiente. Y al escribir la memoria/novela vemos un intento por elaborar ese trauma, por volver a tejer la conexión.
En la literatura podemos encontrar ambas aproximaciones al trauma. Memorias como las de Vuong o como Hambre de Roxane Gay donde hay una evidente necesidad personal del autor por elaborar el trauma en lo escrito y en ese testimonio directo se produce en el lector una conexión porque tocan heridas que también habitan en nosotros.

O novelas como Los juegos del hambre o Alchemised de Senliyu, donde los autores construyen mundos ficticios en los que el trauma colectivo -la guerra, la violencia estructural, la desigualdad, la manipulación del poder- se vuelve materia narrativa. Y al estar en géneros más digeribles, tenemos la lejanía suficiente para ver como estas heridas históricas profundas también nos tocan. Al sentir el dolor de los personajes, también sentimos nuestro propio dolor.
El trauma es esencialmente relacional. No se cura en aislamiento; se cura en relación, en la reconstrucción de seguridad en el cuerpo a través del vínculo.
Y la literatura es siempre un encuentro entre dos personas: quien escribe puede procesar lo que desborda, y quien lee puede sentirse visto, acompañado, validado. La presencia, aunque sea a través de una página, tiene algo profundamente reparador; recuerda que no estamos solos con lo que nos duele.
Quizás por eso la literatura importa tanto. En un mundo marcado por guerras, violencias estructurales y crisis colectivas, la literatura ofrece un espacio donde transmutar el dolor en belleza.

Psicóloga de la Pontificia Universidad Católica de Chile, artista visual, viajera y redactora. Desde niña los libros han sido para mí mitad refugio, mitad empuje para salir a conocer el mundo. Y sueño con una sociedad donde más personas puedan disfrutar los beneficios de acercarse a la lectura.